El Búho te explica en Pico TV, su columna diaria, lo que debes saber para estar bien informado y no te cuenten cuentos.
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Este Búho camina las calles de esta gran ciudad. Solo conversando con los ciudadanos de a pie se puede conocer sus necesidades, sus preocupaciones, sus angustias y sus esperanzas. No hay otra manera. Ya han pasado algunos meses desde que recibí mis vacunas contra el maldito virus. Ahora, con mejor protección inmunológica, puedo recorrer esta ‘jungla de cemento’ que cada día está más convulsa. Esta vez he visitado los principales centros de vacunación y me sorprendo con la cantidad de muchachitos que asisten. Es para quitarse el sombrero.

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Muchos han tenido la iniciativa de ir disfrazados de los héroes que marcaron su infancia: Batman, Spiderman, Power Rangers o Gokú. En los locales se escucha reggaetón y algunos incluso se animan a hacer coreografías. El personal de salud trabaja a galope, sin tregua, pues para vencer al virus se necesita tener a la mayor cantidad de la población vacunada, solo así se podrá recuperar la vida que vivíamos y acelerar la reactivación económica.

Algunos de estos jovencitos han perdido a sus mamitas, papitos o abuelitos. Por eso asisten con sus retratos. ‘Señor periodista, mi vacuna es en honor a mi madre que falleció el año pasado. Sufrimos buscando oxígeno y era tanta la escasez y su precio era tan elevado que no pudimos salvarla. Esta vacuna es por ella, esté donde esté’, me dijo una señorita de 25 años al borde de las lágrimas mientras esperaba su turno. Los jóvenes han entendido que la única forma de derrotar al virus es inmunizándose. En memoria de quienes no pudieron hacerlo. Ciertamente, nuestro país ha vivido un año y medio terrorífico.

Aún recuerdo la cara de angustia de cientos de peruanos que transitaban por las calles en busca de oxígeno y camas de cuidados intensivos. Simplemente no había ni uno ni lo otro. Y si lo encontraban, los precios eran exorbitantes. Los pocos ‘afortunados’ quedaron endeudados para toda la vida, pero con la ‘tranquilidad’ de tener a sus familiares en casa. En esas fechas también visité los hospitales que recibían pacientes con coronavirus.

Afuera pude ver a hijos, sobrinos, nietos o padres que acampaban alertas por las novedades médicas. La información era escasa y solo llegaban noticias si el paciente había fallecido. Frente a ese duro recuerdo, me llena de optimismo que hoy, más que los adultos, los jovencitos estén poniendo el hombro sin titubeos y con entusiasmo.

Mucho influyeron las fakenews o noticias falsas, en las que alarmaban con mentiras que la vacuna contenía un chip, que era una conspiración de un pequeño grupo de poder para controlar el mundo, que causaría un exterminio en algunos años. Incluso, hasta estos días, charlatanes en la Plaza San Martín ‘alucinan’ que las vacunas fueron elaboradas a pedido de famosos de Hollywood. Patrañas que muchas personas creen, lamentablemente.

También caminé por las calles de Abancay y Mesa Redonda. Ahí pude ver a gente humilde tratando de ganar algunas monedas para llevar un pan a sus mesas. La gran mayoría había perdido sus trabajos y encontraron en el comercio ambulatorio una salida a sus necesidades. Caminé con ellos de sol a sol, corriéndonos de los fiscalizadores.

Pude conocer a jóvenes profesionales que no encontraron otra opción honesta que vender ropitas y juguetes durante largas jornadas. Muchos no recibieron bonos y sus ahorros se les hizo agua en pocas semanas. Con la variante Delta, más contagiosa y letal, es necesario tener un escudo de protección. Está demostrado que todas las vacunas ayudan a combatir al virus. Debemos estar prevenidos ante una tercera ola, la que muchos especialistas consideran inminente. Y sobre todo ahora, con una clase política mediocre, que no puede solucionar ni sus propios problemas partidarios. Pongamos de nuestra parte.

Apago el televisor.

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